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sábado, 18 de noviembre de 2017

Noche.........su presentación.




NOCHE


Presentación.
Digamos que jamás pensé que mi vida girara entorno a escribir en un blog, pero así es.
Todos los que conozco piensan que soy una frique, la realidad es que solo soy noche y eso es todo y nada.
Mi historia comienza con una noche como otra cualquiera, con sus cosas y sus ideas allá por el 2011 en Madrid.
Es una historia que como me diría mi amiga Hervione, solo se vive una vez, eso es gracioso viniendo de un muerto, pero es cierto, solo viviré esto una vez, ya no habrá otra.
La idea de que no existimos es grandiosa, viniendo de nosotros mismos, pero tarde o temprano alguien se cruza en nuestro camino y entonces ya no podemos ocultarnos.
Yo sin saberlo, sin quererlo, sin pensarlo me enamore, eso es algo que jamás imagine que me pasaría pero me paso.
La vida es una idea del pasado que de pronto llego a mí, como algo insospechado.
Lo de escribir en este blog, por primera vez después de 6 años es algo que mi querida amiga Hervione, me ha hecho hacer para desahogar mi dolor.
Empecemos con la historia.
Octubre de 2011, invitaron a Rouger thanatos y Hervione a una fiesta, Viktor iba con ellos y el me llevo para que no me quedara sola en casa.
La soledad no me importaba pero últimamente la idea de acabar con todo era muy fuerte en mí, por eso me trajo desde Finlandia a España, no quería dejarme sola en aquel lugar.
En España encontré un lugar donde me sentía como en casa, y no era mi casa, se trataba de un cementerio un precioso lugar en el barrio de la Elipa donde he de decir que encontré a uno de los nuestros que jamás pensé que existieran, creí que eran leyendas.
Me emociona recordar aquel momento porque él era un ser increíble, no le importaba ser un monstruo, le daba igual allí estaba seguro y se sentía bien.
Recuerdo que yo encontré ese lugar, por mi olfato, buscar un lugar donde encontrar reposo tras la muerte eso puse en el google y salió en la pantalla Cementerio de la Almudena.
Fui para allá, a los al redores los encontré encantadores, compre un ramo de margaritas a unos gitanos en la puerta y entre.
Fui caminando hasta que encontré un lugar donde me sentí cómoda y sola, un Ángel enorme coronaba la tumba, me tumbe sobre la lápida y me coloque el ramo de margaritas como si fuera un ramo de novia, con mis manos cogiéndole.
Hoy un sonido de desaprobación, un sonido que no me pareció humano pero tampoco deshumano, así que me incorpore.
Frente a mí, un Nosferatun me observaba con un olor que solo se puede describir a muerte, una mezcla de moho, carne en descomposición y sobre todo un abrigo negro raído y negro, o en su tiempo lo fue.
Me observaba con una cara de desaprobación y comenzó a hablar viniendo hacia mí.
Siempre pensé que era una leyenda o un personaje de ficción, nunca había encontrado a un ser así pero resulto que lo habían encontrado, lo de venir hacia mí es una forma de hablar, porque era como si flotara a mi alrededor.
Me extendió la mano a forma de asco, miro hacia otro lado al hacerlo, levanta, levanta, decía como en susurros, yo conocí a este muerto, es un muerto que era un imbécil humano y se murió, no merece que le robes la lápida, me sentí como una maldita cerda y me incorpore.
Mira si te portas bien te llevare a una que te pega más, pero no pises más las tumbas, no seas irreverente se educada ellos descansan en paz nosotros no podremos jamás, seamos educados.
¿Eres un Nosferatun? le dije, el me miro como si le hubiera hecho una pregunta absurda y me hizo un gesto con la mano como si fuera algo evidente que era lo que era y me callé, no iba a hablar más y le seguí.
Me llevo a una tumba con una lápida muy antigua, era de piedra y solo tenía una cruz era preciosa, si lo pienso no había letras no había nombres el simplemente él dijo, esta es la tumba de la noche, tuya es pero la noche no tiene amigos, no tiene enemigos, solo tiene seres que se cruzan en su camino, que caminan bajo ella a su amparo o desamparo.
Túmbate, dijo y yo le hice caso, no bromeaba no creo que la sonrisa que me dedico fuera maligna aunque lo pareciera, y me cogió las margaritas, las puso a mi alrededor como si tarareara fue cantando una canción de cuna y luego dijo, ¿quieres que te mate y descansar en paz para siempre vampirita? Sentí miedo pero al mismo tiempo sabía que no me haría daño, ya lo habría hecho si hubiera querido, negué con la cabeza y me dijo, bueno si me necesitas ya sabes dónde estoy tengo que retirarme viene gente, cuando me desperté no estaba, no estaba pero aun podía olerle.
Salí del cementerio tranquila y me fui caminando por si le volvía a ver, pero no le volví a ver hasta el juego, o así lo llama el, mi juego.
Noche y la noche que comencé el juego.


Mientras caminaba, me daba cuenta de que algo me había hecho sentir viva, pero no era el hecho de haber sentido la muerte tan cerca, era el, sentía que deseaba, volver a verle, a sentirle a tenerle cerca……… Noche, me llamo Noche.

Fui a la fiesta con Viktor, durante el trayecto en coche le pregunte sin parar.
¿Has visto algún Nosferatun? Así comencé la conversación y el me dejo sin palabras cuando me dijo ¿le has visto tú? Yo asentí, el hizo un gesto de sonrisa torcida que jamás pensé que le provocaría yo, quedo un silencio hasta que llegamos a la fiesta, era en una enorme discoteca se llamaba DARK HOLE, fufé nombre raro para ser una discoteca de disfraces.
Había Drácula, hombres lobos, había de todo y entre todos Rouger y Hervione, en la barra mirándose los pies, el autocontrol de ambos es algo que me sorprende tanto, son capaces de aguantar a esta gente sin inmutarse.
Los Toreadores, como ellos se denominan son así, se llaman así porque dicen que así les denominan los humanos, en fin son como viktor y yo, son los no vivos pero vivos o los no muertos pero muertos, son imanes atraen a los humanos, a los locos, a los indeseables y a los deseables.
Es curioso, leí sobre los toreadores en el blog donde escribo y si ellos encajan, pero os aseguro que son dos monstruos igual a los demás eso sí, no lo parecen…. De eso se trata su juego.
Ahora vamos a hablar del mío, Viktor amaba a Hervione, pero dejo de hacerlo cuando encontró a una vampira medio loca llamada Clave de Re, ese día Viktor y Rouger se hicieron uno, ambos amaban y a personas diferentes.
Viktor amaba a Hervione, pero Hervione se enamoró de Rouger durante la 2 ª guerra mundial, el encantador Rouger encontró a la dulce Hervione y mira por donde se amaron, así lo describía Viktor hasta que el cruel VíKtor el Vikingo encontró a la loca Clave de Re, y ya no hubo marcha atrás.
El único que le entendía era Rouger, quizás porque somos pocos o quizás porque ambos son muy crueles.
Viktor amo con tal pasión a Clave que esta le dejo y se fue a América, digo América porque no se sabe dónde está.
Pero ella volverá, siempre vuelve, ¿él va por libre son dos toreadores? No lo sé pero estos sí que lo parecen.
Ahora bien, ¿yo como encajo en la vida de Viktor y Rouger?, bueno soy amiga de Hervione, pero no de Clave de Re, no la soporto ni ella a mí.
En fin, Viktor me encontró en las calles de Finlandia viviendo en la calle y me llevo con él, no me puso nombre ni yo se lo da no tenía nombre, solo era yo.
Ahora tengo nombre, así que se lo dije a Viktor, ahora me puedes llamar Noche, el asintió.
Entonces encontré a mi juego, entraba por la puerta con un mafioso ruso llamado Igor, mi juego entro con otro más los dos rusos y llenos de tatuajes, vaya me llamo la atención y yo a él.
Si, lo pienso con frialdad si es un juego, yo estaba hastiada y necesitaba jugar, mi Nosferatun tiene razón
Notaba como aquel ruso me observaba desde que entro eso era divertido, pero no para él, si para mí.
Hable con Viktor y me conto quien era, por lo visto controlaba una serie de burdeles y putas de la calle,  y los que venían con él, eran dos guardas espaldas, que había traído de Rusia pues no se fiaba de los de aquí ni de los de ninguna parte, estos habían cumplido cárcel con él y se fiaba más que de otros.
No era buena gente, y eso me atraía, quien sería yo antes de ser lo que era, no lo recordaba pero no debía ser muy buena cuando me atraía gente tan nefasta.
El caso es que me marche antes que nadie, y espere en la calle, vi salir a el tal Igor y sus guarda espaldas, y les seguí cogieron un coche y yo un taxi.
Cuando llegaron a la zona donde iban el taxista me dijo, chica no te llevo ahí es peligroso y yo le pague y me baje del coche, lo cierto es que estaba lleno de putas y coches que paraban así que aprovechando las sombras, fui a ver dónde iban y lo encontré había otro coche y un tipo por acento de Rumania, decía que el dinero no era justo que era mala noche, esto  me hizo pensar que había ido a la discoteca a cobrar algo, pero quizás solo fuera uno de los que disfrutaba con los disfrazados, pronto descubrí lo que hacían y quien eran y no me gusto.
Resultaba que el tal Igor era  propietario de unos burdeles de alto standing, eso incluía algunas mazmorras y claro las madamas iban a la fiesta a conocer tanto a chicas como a chicos futuros clientes y compradores.
El caso es que ahora estaban en una zona que según me dijo el taxista no era apta para personas como yo, esto me gustaba cada vez más.
Comencé a observar, por lo que veía no los rumanos estaban jodidos y los rusos se iban posicionando.
Entonces oí el nombre de mi tatuado favorito Vladimir, se puso detrás del rumano que era jefe y saco un puñal, se lo clavo en la nuca y este cayó al suelo.
Los otros no hicieron nada y el tal Igor dio órdenes, Vladimir y el compañero Iván se encargarían del cadáver, los otros rumanos trajeron a cinco chicas, escuálidas y medio desnudas.
Igor se acercó a una pelirroja que estaba medio encogida de frio, y la cogió de la mano.
Los rumanos llevaron a las otras a trabajar y esta fue hacia el coche donde estaba el que supongo era el chofer, estaba más alejado.
Pensé los pros y los contras, la pelirroja me era indiferente pero el tal Igor no me gustaba un  pelo, si lo mataba en el coche Viktor tendría problemas, si les dejaba irse la pelirroja tendría problemas, y si me iba con ella yo tendría problemas.

Así que me acerque al coche y pregunte si me podían ayudar que me había perdido, el tal Igor me miro como si hubiera encontrado un diamante y dijo que me acercaría, dio orden al chofer de llevar a la pelirroja de vuelta a la calle con sus amigas, entonces yo salte sobre él y le mordí en la yugular, el tío quedo conmocionado y el tal Igor se metió en el coche la pelirroja ni grito, la cogí de la mano y como si fuera su madre dije quieres que te muerda o corres y la tía corrió.
Fuimos a un descampado, había coches así que cogí uno prestado, lo arranque y fui al único lugar donde sabía que no me buscarían y donde me sentía como en casa, la calle estaba llena de gente drogada y borracha, hablaban alto y al verme bajar del coche con la pelirroja de mi mano, nadie dijo nada, todos siguieron igual solo uno pregunto oye puedo cogerte el coche y yo le dije, tú mismo.
El caso es que la valla era un problema, como iba a subir a la pelirroja que empezó a temblar, lloraba y balbuceaban cosas como eres un demonio salida de la tumba, yo me gire y dije, quieres morir o vivir.
Ella se cayó, bien ya era hora.
La hice subir y al llegar arriba pareció más ágil de lo que yo pensaba salto bien, eso sí se quitó los zapatos, y los tiro al otro lado.
Fuimos en silencio por las calles vacías del cementerio, las cámaras nos observaban pero he de decir que solo veían a la pelirroja, al llegar a la zona más antigua ya no había ojos mirando y un sonido me hizo girarme era el pero no apareció, solo dijo me trae un regalo que detalle no me gusta la sangre drogada, yo le dije, no es un regalo es una mascota que he cogido, la pelirroja se hizo pis, que asco, y se desmayó.
Me sentí mal por ella porque se debió hacer daño al caer, pero así podía llevarla mejor era muy difícil, cazar con una presa grande con el cebo moviéndose.
Nosferatun me observo en silencio, sin hablar y a la chica, creo que encogió los hombros pero solo me dijo, mientes muy mal.
Cómo te llamas, le dije y mientras la oscuridad le devoraba me dijo yo, solo yo.
Cargo con mi chica pelirroja hasta la otra valla y salte con ella hasta la calle, la puse como si estuviera sentada y pare un taxi, el taxista me dijo donde vais y yo dije, a Moncloa.
Nos llevó sin parar de mirar hacia atrás creo que tenía mucha preocupación por que no le pagáramos, le latía muy fuerte el corazón y mi amiga olía a todo menos a frescor.
Cuando llegamos al ministerio del aire, le dije que parara y baje a mi amiga, le pague y se fue como si flipara, creo que pensó que se trataba de dos chicas que habían hecho cosas raras en el cementerio.
Lo cierto es que pesaba como una pluma, pero yo tenía que buscar un lugar para tenerla, había una pensión que había visto una vez en  el parque del oeste, justo en príncipe pio, así que atravesé por el parque, ahí no parecía raro que fueran dos putas por la noche y una fuera muy colocada así que no llame la atención, pero era otra forma de alertar a aquellos a los que quería cazar, no me iba se lo iba a poner fácil.
Fuimos a esta pensión la mujer que nos atendió nos dijo que no podíamos alojarnos por horas y le dije que había venido a buscar a mi amiga y esta estaba fatal, la mujer me creyó porque pague por una semana, supongo que eso fue lo que la hizo creer.
A la semana cogeríamos un avión, quería ver si esta mujer como su acento me hacía sospechar era del este de Europa, pero necesitaba que se espabilara.
Noche y un viaje a Bulgaria.


Cuando mi amiga se espabilo descubrí porque mi nuevo amigo no quiso ni tocarla, era adicta a un coctel raro, heroína y metanfetaminas, comenzó con temblores, náuseas y defecaciones a tope, así que llegue a pensar en dejarla, pero había comenzado a jugar a algo y no lo podía dejar ahora.
Me fui a comprar dos billetes de tren, lo hice en una agencia de viajes que estaba situada cerca del hostal, la chica pelirroja se llamaba Bilyana, la trajeron a España para trabajar de limpiadora, pero limpiaba cosas que no eran casas.
Lo había pasado mal, la habían quitado su DNI por lo que no podía salir de España y fuimos a la comisaria a denunciar que la habían robado el DNI en una discoteca, para ir la tuve que comprar ropa, unos vaqueros y una camiseta, junto con unas deportivas, los zapatos que llevaba la noche que la libere, se habían quedado sin uno de los tacones.
La ropa que llevaba la tiramos a la basura, mejor dejar todo fuera.
La lleve a la peluquería y la corte el pelo, tras tres días la heroína no estaba no el resto de sustancias que la hacían delirar, pero bueno estaba casi bien.
La dije que la ayude porque yo pase por algo parecido, ni de coña era cierto, pero cuantas menos explicaciones la dieran mejor sería para todos.
Lo cierto, es que me hablo de su abuela, de sus hermanas y me dijo que ahora no las darían dinero, yo la dije bueno quizás no se lo hayan dado nunca.
Cuando por fin como ciudadana sin antecedentes pudimos salir habían pasado varios meses, en todo este tiempo me aleje de Viktor.
Sin embargo le llame y le pedí un favor que buscara a su amigo Igor y que le pidiera que sus dos guardaespaldas me llevaran las maletas al tren, necesitaba que vieran entrar en el tren a mi nueva amiga.
Cuando llegaron la vieron subir y sus caras fueron un poema, efectivamente yo no iba a ir a Bulgaria pero mi amiga tenia los billetes para ir, hasta Paris y de ahí hacia su país.
Yo la había liberado y devuelto a casa con un puñado de dinero para comer y yo iba a ir en ese tren pero sin que ellos lo supieran, claro.
Los dos esbirros tatuados llamaron a su jefe, y recibieron instrucciones, el que me atraía el tal Vladimir estaba muy serio y triste, el otro hablaba de lo que nos iban a hacer, yo simplemente fui a esperar a llegar a Barcelona, hacer mi transbordo a Paris, iba a ser tan divertido.













miércoles, 22 de febrero de 2017

el mundo de lo vampiros.- Capitulo 2.- Un trabajo interesante una muerte aun mas



Un trabajo interesante una muerte aun mas.

Cuando llegaron a la comisaria se pusieron a buscar datos de la fallecida, familiares, amigos, lo habitual.
Lozano introdujo los datos de la víctima en el ordenador y salieron, edad, estado civil y localizada donde vivía.
También aparecieron datos curiosos, como su trabajo era freelance, trabajaba para varios periódicos o revistas, en su ultima publicación, hablaba de un articulo sobre la bulimia y era bastante bueno por lo que leyó, aunque en que estaría trabajando ahora para acabar en la cañada real.

Lozano se incorporo y fue a hablar con su compañero que estaba poniéndose un café: Ramirez he encontrado algo, puede que a la fallecida de nuestro caso, la hayan matado por su trabajo.- Ramirez la miro con los ojos muy abiertos, y sonrió:- ¿de que trabajaba, de camello, puta de lujo, modelo?- pregunto sonriendo y Lozano sonriendo aun mas comento:- era una freelance del periodismo, puede que estuviera haciendo un reportaje que la mato, el ultimo que publico sobre la bulimia es muy bueno.- Ramirez sonrió, por fin algo que se ponía interesante, que hacia la periodista en aquella zona, podía estar investigando un tema de bandas, drogas o quizás timos a gente sin recursos sobre donde alojarse, era una posibilidad, quizás un tema sobre putas drogadictas, ese también podía ser el caso, bueno ahora tocaba ver con quien podían hablar y el diario en el que publico el ultimo articulo parecía un buen sitio.

jueves, 16 de febrero de 2017

El mundo de los vampiros- Capitulo 1- Muerte entre basuras.



El mundo de los vampiros.

capitulo 1 
Muerte entre basuras.
Era una mañana del mes de Febrero, hacia mucho frío en Madrid, cuando el teniente Ramirez recibió la llamada de su jefe, un cuerpo hayado cerca de la cañada Real, en un descampado lleno de basura y escombros.
Ramirez, se puso en marcha, iba a ir a la comisaria a recoger a su compañera Lozano, pero al final no había sido posible, aun así la llamo, era importante que ambos tuvieran comunican, eran un equipo, llevaban ya 5 años juntos, y parecían mas que amigos, casi un matrimonio, solo que sin sexo y facturas en común.
Ramirez se había divorciado de su mujer, la verdad es que ella había sido una mala pécora, practicamente le hizo una encerrona, en fin mejor olvidar a esa mujer, lo bueno no había hijos, lo malo que ella e quedo con los perros, la casa y menos mal que el coche no pudo, fue justo cuando llego Lozano a la comisaria, era curioso se llevaron bien desde el principio, aunque el sabia que su compañera era su rival en el amor, nunca tuvieron problemas por eso, a ella le gustaban las rubias y a el las morenas.
Iba pensando en estas cosas cuando sonó el teléfono, era Lozano- nos vemos allí, debe ser otro drogada muerto por un ajuste de cuentas, madre mía, siempre lo mismo- Ramirez hizo un silencio, por la zona y por la hora, si seguramente y lo había descubierto algún niño que jugaba entre los montón de basura, de un tiempo a esta parte, aparecían de dos a tres cadáveres  por semana, creían que era una nueva familia Rumana, por los rumores así lo decían que se había instalado en la Cañada y que tenia a todos aterrorizados- si, ya veremos Lozano- dijo secamente y continuo en esa dirección.
Cuando llegaron el comisario estaba allí con la científica y el forense, como siempre, o eso pensaba.
El primero en hablar fue Perez el forense, un hombre ya maduro al que le quedaban un par de años para su jubilacion, era un buen tipo pero seco y serio- Ramirez, su compañera aun no ha llegado, en fin, este cuerpo tienen algo diferente, vera no tiene sangre- lo miro con los ojos fijos en el bajándose las gafas hasta la punta de la nariz, su incipiente calva precia brillar, Ramirez pensó frugalmente  como podían brillar tanto las calvas de los calvos, luego cerro los ojos y pregunto-¿ eso que quiere decir?- Perez parecía feliz con la pregunta, ya que le daba la oportunidad de narrar lo que había descubierto y le gusto, parecía un gato relamiéndose con un ratoncito- bueno la cosa es que alguien la abrió en canal, la saco el hígado y los riñones y se los llevo, pero la víctima no soltó una gota de sangre, es mas no tiene marcas de pinchazos y quemaduras en los dedos o los labios, por lo que deducimos a primera vista que no es toxico mana, habrá que hacer un estudio mas estricto a nivel forense, por otro lado la víctima presenta unas punzadas grandes en el cuello y el pecho, creemos que ha sido un animal pero como hay moretones a su alrededor, creemos que la víctima estaba viva cuando ocurrió, el bolso esta ahí tirado, alguien abrió el bolso y la saco el dinero de la cartera, pero no los documentos, viene muy bien vestida nadie la quito los zapatos y parecen nuevos, dejo a su deducción lo que pudo ocurrir- dejo de hablar y dio orden de llevarse el cadáver ya que el atestado estaba completo.
Ramirez observo a la víctima, no solo estaba pálida por la muerte llevaba como un maquillaje que la dejaba mas pálida aun, sus manos llevaban unos guantes de encaje vamos que no se defiendo demasiado, puede que fuera una fiestera que acabara en mal lugar.
Su dni no daba lugar a dudas,
Lucia Carrion Cienfuentes, 30 años, el móvil no estaba, ni el dinero pero los dos niños que la habían encontrado bajaban la mirada cuando el les miro.
-llevarles a comisaria, hay que tomarles declaración- dijo con brusquedad, el mas mayor dijo entonces- la encontramos tirada y para que nadie la robara la cogimos la tarjeta  y el móvil, nada mas, se lo dimos a su compañero, nos registro y no tenemos nada mas- lo dijo sin dudarlo-¿esto es todo lo que llevaba una tarjeta de crédito y el móvil?- los chavales asintieron los dos mirándose fijamente- registremos si quiere, no podemos ir ahora a la comisaria- añadió el mas mayor- tenemos que ir a clase-  Ramirez sonrió- bien os esperamos des pues de clase, venga iros- los chicos llevaban sus mochilas a la espalda, seguro que habían ido a comprar mariguana o costo, o nada, solo a dar una vuelta por si encontraban algo que vender, ahora estaba claro que ellos no la habían matado y que los datos ya se habían anotado, llamaron a la policía y esperaron, no habían sido ellos aunque puede que vieran algo , mejor en comisaria si iban por ese camino, seguro que eran de Rivas o Vallecas y conocían a alguno de los agresores, mejor en comisaria que en este lugar para hablar con ellos.

Reviso, todo lo que había por allí tirado, unos cigarrillos, unas bragas rosas, una botella de vino barato, lo cogieron todo lo que la científica no había encontrado y esto incluía el móvil de la víctima y la tarjeta de crédito, el dinero los chicos dijeron que no tenia, pero bueno lo que no tenia el dinero era nombre, así que no podría demostrar que se lo llevaron ya que según leyó no tenían nada en los bolsillos, y en cuanto llego Lozano, se fueron a comisaria-

domingo, 31 de agosto de 2014

PAVO REAL




Como un pavo real me has mostrado tus plumas,
Lánguida estrella de la nocturnidad arrida,
Envuelta en maquillaje de negro y rojo,
Muestras las cristalinas lágrimas de tus negros ojos,
Te contoneas como una muñeca rota,
Recosidas las muñecas largas como garras,
Así atrapaste mi corazón
Así creí en tus palabras,
Falsa como la sonrisa pintada de un clon,
Muestras tus gélidos besos en otros labios,
Que se pudrirán en los negros pozos,
De tu ególatra almidonada alma,
Pues no sabes que es amar,

Por eso no mereces ser amada.

sábado, 30 de agosto de 2014

LA TORRE



Te observo desde mi sillón,
Eres la estúpida de siempre,
Con tus colmillos mostrando
La más soez de tus sonrisas,
Vas a caer de lo alto de tu torre,
Eres tan bella como necia,
Tan absurda como interesante,
Veo tu intento de darme caza,
Te observo en la torre,
Pienso que estas muerta
Aun no lo sabes,
Eres tan arrogante,
Que te crees superior a los demás,
Bella y letal,

Hoy te tocara a ti ser la cena.



viernes, 6 de junio de 2014

Desterrada


Háblame princesa,
 le dije a la luna,
Tu que siempre estas
 soñando locuras,
desde que te atreviste
a morder la manzana,
te diste cuenta que
 Adam ya no estaba,
que el sueño del paraíso
acabo en un zic zac,
dime como te sentiste
 al ver la mañana,
ver que tu reflejo en el cristal
ya no estaba,
que eras transparente
hasta donde puedes recordar,
susúrrame la palabra sagrada,
los gritos de los muertos
en tumbas doradas,
el sueño impío
sin necesidad,
dime si es verdad,

eres la desterrada,

viernes, 25 de abril de 2014

+Asemita+




El gris plomizo de las nubes,
Pesa en mi alma esta alba,
Las luces de la ciudad a lo lejos,
Recuerdan cosas pasadas.
Una vez estuvimos muy unidas,
De eso ya no queda nada,
Solo queda un recuerdo,
De lentas horas al alba,
De mirarnos a los ojos,
Sin decirnos más palabras,
Que tenemos dos caminos
Diferentes paletadas,
Del cuadro  aquel que salimos,
Sin forma de regresar,
Que fuimos muy amigas,
Nadie lo puede dudar.



domingo, 20 de abril de 2014

Gotas


Fluctuantes las horas se convierten en gotas,
Mientras caen mojan mi rostro al pasar bajo ellas,
En la noche la calma hace salir a la bestia,
Impaciente el reclamo de los obcecados,
Condenados a la vileza de la noche,
En la más absoluta calma clamores de viento,
Ruge la muerte desde mis entrañas,
Mientras el purpureo manto los acuna,
Semillas de odio baten sus palmas,
Planos de errantes muertos de sed,
Mientras las horas se hacen gotas,
Saciándome de vida mi alma supura,
En la inconsistente amalgama de luz,
Una nota de rojo pinta una estampa,
Estas condenado a mi soledad,
en este paramo yermo un punto de luz,
es la sangre la vida misma.
Mi vida,

 en gotas de horas escrita.

martes, 19 de noviembre de 2013

Vacíos- crónicas de sangre




En un cristal dos vasos vacíos,
En una canción dos versos vencidos,
En un silencio dos frases muertas,
En aquel rincón un corazón muerto,
En aquella esquina una criatura viva,
Se cruza un perro,
Las manos se lamen la muerte,
Entre los dientes la serpiente espera,
Esperanzas y sangre.
Yo soy el monstruo,
¿O lo eres tú?
Sigo siéndolo yo. 

lunes, 18 de noviembre de 2013

Farsa- Colmillos


Dame de comer de tus venas,
Hoy la sangre clama con su olor,
Me gusta el deseo,
Que con mis ojos provoco en ti.
Deseas que yo te haga inmortal,
Pero la vida es lo único
Me atrae de ti,
Deja que te enseñe como soy,
Nada es lo que parece,
Papel de pintar,
Acuarela de cuajarones,
Pútrida vida la tuya,
En mis manos,
Yo te daré algo que te gustara,
Quieres ser como yo,
Pero yo no puedo ser tan mezquino,
No puedo darte lo que tanto deseas,
Aunque vengan con sus antorchas,
Su estaca intentara clavar en mi corazón,
Quiere salvarte de mí,
Pero nadie salva lo que no vive,
Tu vida es una burda imitación,

De una muerte perfecta.

martes, 16 de abril de 2013

No me alejes.


 Me hierve la vida en las venas,
He de escapar de esta condena,
Es un sentimiento naciente,
El que me provoca tu risa,
Es una leve pero brava brisa,
Con un suntuoso cascabel,
El que cuelga del corcel,
Que tu pelo significa,
negro ,
De marmoleas colmillos,
mi amor para ti cariño,
Soy tu esclava,
Soy la dueña de tu sueño,
Soy la que es
No lo dudes,
Soy la vida entre las nubes,
Soy la muerte entre las tumbas,
Entre mis dedos tu cabello,
De negra noche se cuelga,
No me asombra tu presencia,
Yo sin ella estaría muerta,
Entre lanzadas de hambre,
Esta, no muerta,
Sin ti se vuelve cobarde,
Yo una víctima eterna,
Tu mi amor mi gran condena,
Te deseo como posesa,
Entre las sabanas beso,
La nube de tu destino,
Sin mí es un desatino.
No me olvides,
No me dejes,
Se mi eterna noche,
Se mi eterno amanecer,
Se mi amor,
Por siempre jamás.



                                     

jueves, 7 de marzo de 2013

la maldición de la sangre : La maldición del rey


                         



 La maldición de la sangre: la maldición del Rey
No hubo nacimiento más esperado, ni tampoco más temido, habían predicho que esto ocurriría, los sacerdotes sabían desde mucho tiempo atrás que un gran guerrero nacería, un guerrero cuyo nombre sembraría terror y honor para los dioses, su madre Izul siempre pensó que sería distinto, grande y fuerte, pero aquel joven duro y luchador que la fue arrebatado desde que comenzó a caminar era tan dulce y cariñoso como el resto de los bebes.
Por desgracia para ella no nacieron mas bebes, algo en su interior se rompió al dar a luz a aquel hijo tan esperado y su vientre no dio más hijos.
Eso y una tristeza enorme acabaron con su vida los dioses se la llevaron con ellos, pero lo cierto es que ella se arrojo a un pozo y no volvió a aparecer jamás.
Así Izcoati creció y se fortaleció, gano batallas y fue un rey justo, tenía todo cuanto podía desear y era feliz, más un día mientras dormía una extraña mujer se le apareció en sueños, ella le nombro por su nombre, le enseño un estandarte, le dio una palabra…. era su madre que le buscaba.
Poco a poco el comenzó a odiar la luz del día, sus ojos no tenia vivacidad y rechazaba la comida, solo de noche era el Izcoati de siempre.
Un día de cosecha el rey desapareció y no volvió, los dioses celosos se le llevaron con ellos, se tiro a un pozo para buscar a su madre.
La maldición de la sangre: la maldición de Izcoati.
No sé cómo pudo pasar, pero aquella mujer apareció de las sombras, su piel de ébano y aquellos labios eran miel, aquella figura parecía volar por la habitación, y la bese y la di mi amor.
Pero ella no quería un hombre ella quería un guerrero y no la importaba seducir y matar para conseguirlo, necesitaba alguien capaz de matarle a él, al guerrero negro.
Un autentico señor de la noche, pero esta es otra historia, la mía, es que durante días deseaba a aquella mujer solo pensaba en ella, solo la amaba a ella, su piel fría y suave era como un suave y sedoso placer, me enloquecía pensar que no la vería hasta la noche, y así poco a poco fui convirtiéndome en un hijo de la noche.
Un buen día ella no volvió, yo aborrecía a las demás mujeres, odiaba la luz, odiaba la comida solo quería sangre, sangre dulce y espesa, su color de piel como chocolate y como él era amargo y suave, sedosa y la amaba.
Me marche siguiendo su olor, la sentía y ella me llamaba y yo la amaba.
Así conocí al más grande de los señores de la noche y me enfrente a él, así fue como condene a su damita en aquella plantación, desolada, por amor a mi querida Nefer-It, aun mi alma condenada se alegra cuando ella sonríe… mi dama de la noche, mi amor.
Pero me confundí con la damita, resulto ser más dura de lo que parecía y los humanos no pudieron con ella.
El señor de noche, el dragón negro no es tan duro como parece pues no repudio a la damita, incluso sabiendo que era mi beso quien la convirtió en lo que ahora es, una criatura sin familia, sin casta, pero el muy estúpido se hizo cargo de la escoria.
Nosferatum le llaman, jajajja señor de las ratas le llamo yo.
El sabe que yo soy el causante de aquello y que mi amada no está sola.      

                                                     


viernes, 4 de enero de 2013

La familia Vourdalak. por Alexei Tolstoi.



En el año de 1815 se reunió en Viena lo más distinguido en materia de erudición europea, espíritus brillantes de la sociedad y de enormes capacidades diplomáticas. Cuando el Congreso concluyó, los monárquicos emigrados se preparaban para regresar definitivamente a sus castillos, los guerreros rusos a ver de nuevo sus hogares abandonados y algunos polacos partían a disgusto por tener que llevar con ellos su amor a la libertad a Cracovia, para ponerla bajo la triple y dudosa independencia que supuestamente habían logrado el príncipe Metternich, el príncipe de Hardenberg y el conde de Nesselrode.
Parecido al fin de un baile animado, la reunión hacía poco tiempo muy concurrida se redujo a un pequeño número de personas dispuestas al placer que, fascinadas por los encantos de las damas austríacas, se demoraban en cerrar el equipaje y postergaban su marcha.
Esta feliz sociedad, de la que yo formaba parte, se reunía dos veces por semana en el castillo de la señora princesa viuda de Schwarzemberg, a pocas millas de la ciudad, al lado de un pequeño burgo llamado Hitzing. Los buenos modales de la anfitriona del lugar eran realzados por la gentil amabilidad y la finura de su espíritu, y hacían deleitosa la estancia en su residencia.
Las mañanas estaban destinadas a dar paseos; merendábamos todos juntos, en el castillo o en los alrededores y, en la noche, sentados alrededor de un agradable fuego de chimenea, nos entreteníamos conversando y contando historias. Estaba estrictamente prohibido hablar de política. Ya habíamos tenido demasiado, y preferíamos los relatos de leyendas de nuestros respectivos países o de nuestras evocaciones.
Una noche, cuando ya cada uno había contado alguna cosa y nuestros ánimos se encontraban en ese estado de tensión que por lo común la oscuridad y el silencio incrementan, el marqués de Urfé, viejo emigrado a quien todos estimábamos por su alegría juvenil y por la forma atrevida de hablar de su antigua buena fortuna, aprovechó un momento de silencio y tomó la palabra:
-Vuestras historias, señores -nos dijo-, sin duda son asombrosas, pero es de mi parecer que les falta algo esencial, quiero decir, la autenticidad. Que yo sepa ninguno de vosotros ha visto con sus ojos las cosas maravillosas que acaban de narrar, como tampoco puede asegurar su veracidad bajo palabra de honor.
Fuimos obligados a reconocerlo y el anciano, acariciándose la papada, continuó:
-En cuanto a mí, señoras, no conozco sino una sola aventura de ese género, pero al mismo tiempo es tan extraña, tan horrible, y tan verdadera que ella sola es suficiente para herir de espanto el espíritu del más incrédulo. Desgraciadamente fui testigo y actor al mismo tiempo, y aunque no me gusta recordarla, esta vez con placer les narraré la historia, siempre que las damas lo consientan.
La aprobación fue unánime. Algunas miradas, temerosas ante la perspectiva de escuchar una narración verdadera, se posaron en los cuadros de luz que comenzaban a dibujarse sobre la duela; pero pronto el pequeño círculo se fue cerrando y cada uno hizo silencio para escuchar la historia del marqués.
El señor de Urfé tomó una porción de tabaco, la fumó lentamente y comenzó diciendo:
-Antes que nada, señoras mías, les pido una disculpa si en el transcurso de mi narración sucede que hablo de mis asuntos amorosos más de lo que conviene a un hombre de mi edad. Pero deberé mencionarlos para la comprensión del relato. Además, se perdona a la vejez tener momentos de confusión, y será su culpa señoras mías, si al verlas tan hermosas frente a mí, me siento tentado a creer que soy un joven mozo. Les diré sin más preámbulos que en el año de 1759 yo estaba perdidamente enamorado de la bella duquesa de Gramont. Esa pasión que creí entonces profunda y duradera no me dejaba en paz ni de día ni de noche, y la duquesa, como suelen hacer las mujeres bonitas, se complacía en coquetear para acrecentar mis tormentos. Tanto que en un momento de desesperación, fui a solicitar y obtuve una misión diplomática cerca del hospodar de Moldavia, durante las negociaciones con el gabinete de Versalles y sería tan aburrido como inútil detallarlas. La víspera de mi partida, me presenté en casa de la duquesa. Ella me recibió menos sarcástica que de costumbre y me dijo con una voz que dejaba traslucir cierta emoción:
-De Urfé, comete usted una locura. Pero le conozco y sé muy bien que nunca se retracta cuando ya ha tomado una decisión. Así que no le demando sino una cosa: acepte esta pequeña cruz como prueba de mi amistad, y llévela puesta hasta su regreso. Es una reliquia que para mi familia tiene una gran valor.
Con una galantería, quizá para el momento fuera de tono besé no la reliquia, sino la encantadora mano que me la ofrecía y me la puse alrededor del cuello. Es la misma cruz que aquí muestro; desde ese día nunca me he separado de ella.
No las fatigaré, señoras, con los detalles del viaje, ni con las observaciones que hice de los húngaros y de los serbios, un pueblo empobrecido e ignorante pero valiente y honesto, que a pesar de estar bajo el dominio turco no había olvidado ni su dignidad ni su antigua independencia. Será suficiente decirles que haber aprendido un poco del idioma polaco durante una estadía en Varsovia, facilitó mi instrucción y en poco tiempo me adiestré en el serbio, ya que esos dos idiomas, al igual que el ruso y el bohemio, como deben saber, no son sino ramas de una misma y única lengua que llaman eslava.
Ahora bien, sabía lo suficiente para hacerme entender, cuando un día llegué a un pueblo, cuyo nombre interesa apenas. Encontré a los habitantes de la casa en donde iba a hospedarme sumergidos en una consternación que me pareció tanto más inusual puesto que era domingo, día en que el pueblo serbio acostumbra entregarse a los más diversos placeres, tales como el baile, el tiro de arcabuz, la lucha, etc. Atribuí la forma de actuar de mis anfitriones a alguna desgracia reciente, y ya iba a retirarme cuando un hombre como de treinta años, alto de estatura e imponente, se acercó y me tomó de la mano.
-Pase, pase, extranjero -me dijo-, no se moleste por nuestra tristeza, cuando conozca la causa nos entenderá.
Me contó entonces que su anciano padre, llamado Gorcha, hombre de carácter inquieto e intratable, un día se había levantado de su cama y había descolgado de la pared su gran arcabuz turco.
-Muchachos -les había dicho a sus dos hijos, Georges y Pierre-, me voy a la montaña para reunirme con los valientes que persiguen a ese perro de Alibek (ése era el nombre de un bandolero turco que entonces asolaba al país). Espérenme durante diez días, y si no regreso al décimo, hagan decir una misa de difuntos, puesto que estaré muerto. Pero -añadió el viejo Gorcha poniéndose aún más circunspecto-, si yo regresara (de esto Dios los guarde) después de cumplirse los diez días, por sus vidas no me permitan de ningún modo entrar. Si esto ocurre, les ordeno olvidar que fui su padre y que me atraviesen con una estaca de álamo sin tomar en cuenta lo que yo pueda decir o hacer, ya que para ese momento no seré sino un maldito vourdalak que vendrá a succionar vuestra sangre.
Es oportuno decir, señoras mías, que los vourdalaks o vampiros de los pueblos eslavos no son otra cosa que cuerpos muertos, salidos de sus tumbas para succionar la sangre de los vivos. Hasta ahí sus costumbres son las mismas de todos los vampiros, pero tienen otra que los hace más temibles. Los vourdalaks, señoras mías, prefieren succionar la sangre de sus familiares más cercanos y de sus amigos más íntimos, quienes al morir se convierten en vampiros a su vez, de manera que se afirma haber visto en Bosnia y en Hungría poblaciones enteras convertidas en vourdalaks. El abad Agustín Calmet, en su curiosa obra sobre aparecidos, cita ejemplos escalofriantes. Los emperadores de Alemania en varias ocasiones han nombrado comisiones encargadas de esclarecer casos de vampirismo. Se levantan actas, se exhuman cadáveres encontrados ahítos de sangre y se les quema en las plazas públicas luego de perforárseles el corazón. Magistrados que son testigos de esas ejecuciones afirman haber escuchado a los cadáveres emitir alaridos al momento en que el verdugo hendía la estaca en sus pechos. Los mismos magistrados han hecho la deposición formal y lo corroboran sus juramentos y sus firmas.
Después de estas referencias, les será más fácil comprender, señoras, la impresión que produjeron las palabras de Gorcha en sus hijos. Los dos se hincaron a sus pies y le suplicaron que se les dejara ir en su lugar; pero, por toda respuesta, él les dio la espalda y se puso en marcha canturreando el estribillo de una antigua balada. Precisamente el día en que llegué al pueblo, expiraba el plazo fijado por Gorcha, y no me costó trabajo comprender la desesperación de esos jóvenes.
Se trataba de una familia buena y honesta. Georges, el mayor de los dos hijos, era de marcados rasgos masculinos, aparentaba ser un hombre serio y decidido. Estaba casado y tenía dos hijos. Su hermano Pierre era un hermoso joven de dieciocho años, su fisonomía revelaba más dulzura que audacia, y parecía ser el favorito de una hermana menor llamada Sdenka, una joven que representaba muy bien la belleza eslava. Además de esa belleza indiscutible desde todo punto de vista, el parecido con la duquesa de Gramont me impresionó de entrada. Tenía en especial un rasgo en la frente que en toda mi vida no encontré sino en esos dos seres. Esa particularidad podía no agradar en una primera impresión pero se volvía irresistiblemente atractiva después de haberla visto más de una vez.
Ya fuera porque en ese tiempo era muy joven, ya fuera el parecido, aunado a un espíritu único e ingenuo, Sdenka provocó en mí un efecto irresistible. No habíamos conversado ni dos minutos y ya sentía por ella una simpatía demasiado viva como para que no amenazara en convertirse en un sentimiento más tierno si prolongaba mi estadía en el pueblo.
Estábamos reunidos delante de la casa en torno a una mesa provista de quesos y de cuencos de leche. Sdenka hilaba; su cuñada preparaba la merienda de los niños que jugaban en la arena; Pierre, con afectada despreocupación, silbaba mientras pulía un yatagán, o largo cuchillo turco; Georges, acodado sobre la mesa, la cabeza entre las manos y el ceño fruncido, parecía devorar el camino con los ojos, sin pronunciar una palabra.
Por lo que a mí se refiere, vencido por la tristeza general, miraba con melancolía cómo las nubes enmarcaban el cielo dorado y, entre un bosque de pinos, la silueta de un convento a medio esconder.
Ese convento, como lo supe más tarde, antaño gozó de una enorme celebridad gracias a una imagen milagrosa de la Virgen, que según la leyenda los ángeles habían conducido y colocado en un roble. Pero al inicio del siglo pasado, cuando los turcos invadieron el país, degollaron a los monjes y saquearon el convento. De él no quedaban sino unos cuantos muros y una capilla comunicada por una especie de ermita. Este último acogía en sus ruinas a los curiosos y brindaba refugio a los peregrinos que llegaban a pie, venidos de un santo lugar a otro, para rendir las devociones en el convento de la Virgen del Roble. Ya dije antes que esto lo supe tiempo después. Esa tarde, yo pensaba en cosas que distaban mucho de la arqueología serbia. Como sucede a menudo, cuando se deja volar la imaginación, evocaba tiempos pasados, los días de mi infancia, la querida patria, Francia, a la que había abandonado por un país lejano y salvaje.
Recordaba a la duquesa de Gramont y, por qué no confesarlo, en la distancia recordaba también a algunas damas de mi época, abuelas vuestras, cuyos rostros, después del de la encantadora duquesa, se deslizaban en mi corazón. Rápidamente olvidé a mis anfitriones y su desasosiego.
De pronto Georges rompió el silencio:
-Mujer -dijo-, ¿a qué hora partió el viejo?
-A las ocho -respondió la mujer-. Escuché con claridad las campanas del convento.
-Entonces está bien -siguió diciendo Georges-, no pueden ser más de las siete y media-. Y enmudeció fijando otra vez los ojos el largo camino que se perdía en el bosque.
Olvidé decirles, señoras, que cuando los serbios sospechan de algún vampirizado, evitan llamarlo por su nombre o de manera directa, puesto que para ellos es hacerlo salir de su tumba. También Georges, desde hacía algún tiempo, al hablar de su padre no se refería a él de otro modo sino como el viejo.
Se quedó otro rato en silencio. De pronto, uno de los niños, tirando del delantal de Sdenka, preguntó:
-Tía, ¿cuándo regresará el abuelo a la casa?
Una bofetada fue la respuesta de Georges a la pregunta inoportuna. El niño se puso a llorar, y su hermano más pequeño interrogó asombrado y temeroso:
-¿Por qué, padre, nos prohíbe hablar del abuelo?
Otra bofetada le cerró la boca. Los dos niños se pusieron a chillar y la familia entera se santiguó.
En eso estábamos cuando escuché las campanas del convento dar poco a poco las ocho. Apenas el primer toque resonaba en nuestros oídos vimos una forma humana salir de la espesura del bosque y avanzar lentamente hacia nosotros.
-¡Es él! ¡Alabado sea Dios! -gritaron al unísono Sdenka, Pierre y su cuñada.
-¡Dios nos guarde! -dijo Georges preocupado-, ¿cómo saber si los diez días transcurrieron o no?
Todos lo miraron con pánico, mientras la forma humana seguía avanzando. Era un viejo de gran altura con un bigote plateado, la cara pálida y severa y que se arrastraba a duras penas con la ayuda de un bastón. A medida que se acercaba, el rostro de Georges se hacía más sombrío. Una vez que el recién llegado estuvo muy cerca, se plantó y recorrió a su familia con unos ojos que no parecían ver, de tan apagados y hundidos en sus órbitas.
-¡Bueno! -dijo con una voz cavernosa-, ¿nadie me va a recibir?, ¿qué significa ese silencio?, ¿no ven que estoy herido?
Entonces me di cuenta que el viejo sangraba por el costado izquierdo.
-¡Ayude a su padre a sostenerse! -dije a Georges-. ¡Sdenka, usted vaya a preparar alguna medicina, este hombre está a punto de desfallecer!
-Padre mío -dijo Georges acercándose a Gorcha-, muéstreme su herida, sé de estas cosas y lo voy a curar.
Se acercó para abrirle las vestiduras, pero el viejo lo rechazó bruscamente y ocultó la lesión tras sus manos.
-¡Quítate, torpe -dijo-, me haces daño!
-Pero entonces, ¡es en el corazón donde trae la herida! -gritó Georges palideciendo-. ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Quítese esas ropas, es urgente, urgente le digo!
El viejo se irguió.
-¡Cuídate mucho -dijo con su voz hueca- de tocarme, pues si lo haces, te maldeciré!
Pierre se puso en medio de Georges y de su padre.
-¡Déjalo! ¿no te das cuenta que lo lastimas?
-¡No le lleves la contra -añadió su mujer-, sabes que nunca lo ha tolerado!
En ese momento vimos a un rebaño regresar de pacer, entre una nube de polvo, que se dirigía hacia la casa. El perro pastor que lo conducía, o no reconoció a su viejo amo, o por otro motivo ignorado, desde el momento en que percibió la presencia de Gorcha se detuvo, y, con el pelambre erizado, comenzó a aullar como si viera algo sobrenatural.
-¿Qué le pasa a ese perro? -dijo el viejo cada vez más enojado-, ¿qué significa todo esto?, ¿me he convertido en un extraño en mi propia casa?, ¿diez días pasados en la montaña me cambiaron hasta el punto de que ni mis perros me reconocen?
-¿Escuchaste? -dijo Georges a su mujer.
-¿Qué cosa?
-¡Reconoce que pasaron los diez días!
-¡No, pero si regresó dentro del plazo fijado!
-¡Está bien, está bien, yo sé lo que tengo que hacer!
Como el perro seguía aullando, vociferó:
-¡Maten a ese perro! ¿No me escuchan?"
Georges no se movió, pero Pierre se levantó con lágrimas en los ojos, tomó el arcabuz de su padre y disparó. El perro rodó por el suelo.
-¡Era mi perro preferido -dijo en voz baja-, no entiendo porqué ha querido que lo mataran!
-¡Porque lo merecía! -dijo Gorcha-. ¡Vamos, quiero entrar, hace mucho frío!
Mientras eso sucedía afuera, Sdenka preparó para el viejo una tisana hecha de aguardiente hervido con peras, miel y raíces secas. Pero su padre la rechazó con asco. Mostró la misma aversión al plato de carnero con arroz que le sirvió Georges, y finalmente fue a sentarse en un rincón del hogar, mascullando palabras ininteligibles.
Un fuego hecho de pinos chispeaba en la chimenea y alumbraba vacilante el rostro pálido y derrotado del viejo, y sin esa luz se habría dicho que era la cara de un muerto. Sdenka fue a sentarse junto a él.
-Padre mío -le dijo-, no desea tomar alguna cosa ni descansar. ¿Y si nos contara sus aventuras en las montañas?
Al decir esto la joven sabía que tocaba un punto débil, pues al viejo le encantaba narrar historias de guerras y combates. Se dibujó una sonrisa en sus labios descoloridos, sus ojos permanecieron inexpresivos y pasando las manos por sus hermosos cabellos blancos, respondió:
-Sí, hija mía; sí, Sdenka, me gustará mucho narrarte lo que sucedió en las montañas, pero será otro día, ahora estoy muy cansado. Entretanto te adelantaré que Alibek ya no existe y que por mi mano murió. Si alguien lo duda -siguió el viejo paseando la mirada sobre su familia-, ¡aquí está la prueba!
Desató una especie de alforja que le colgaba de la espalda y extrajo una cabeza pálida y cruel, que aún no excedía en estas características al rostro del viejo. Nos volvimos horrorizados, y Gorcha se la entregó a Pierre:
-Toma -le dijo-, ¡colócame esto encima de la puerta, para que la gente que pase sepa que Alibek está muerto y que los caminos están limpios de bandoleros, exceptuando, claro está, a los jenízaros del Sultán!
Pierre acató la orden con repugnancia.
-¡Ahora comprendo -dijo el viejo-, que ese pobre perro aullaba por olfatear la carne muerta!
-Sí, olió carne muerta -respondió con tristeza Georges, que había salido sin que nos diéramos cuenta y en ese momento entraba portando en la mano un objeto que me pareció una estaca y fue a depositarlo en un rincón.
-Georges -le dijo su mujer en voz baja- ¿no estarás pensando...?, espero.
-Hermano -añadió Sdenka-, ¿qué vas a hacer? Pero no, ¿no harás nada, verdad?
-¡Déjenme -respondió Georges-, yo sé lo que debe hacerse y no haré nada que no sea necesario!
Entretanto había llegado la noche, la familia fue a acostarse en una parte de la casa separada de mi habitación solamente por un tabique muy delgado. Reconozco que lo sucedido aquella tarde turbó la tranquilidad de mis pensamientos. La luz de mi cuarto estaba apagada, la luna penetraba por una ventana muy baja cercana a mi cama y dejaba caer sobre el piso y los muros resplandores blanquecinos, más o menos similares, queridas damas, a los que invaden el salón donde nos encontramos ahora. Quise dormir sin poder lograrlo. Atribuí el insomnio a la claridad de la luna; busqué algo que pudiera hacer las veces de cortina, pero no hallé gran cosa. Entonces, al percibir voces confusas detrás del tabique, me acerqué para escuchar mejor.
-Acuéstate, mujer -decía Georges-, Pierre, Sdenka, ustedes también. No se preocupen, yo velaré por ustedes.
-Pero Georges -dijo su mujer-, me toca a mí permanecer en vela, tú lo hiciste ayer y trabajaste todo el día, debes estar muy cansado. Soy yo la que debe cuidar a nuestro hijo mayor, no está muy bien desde ayer.
-¡Tranquilízate y vete a la cama -respondió Georges-, yo velaré por los dos!
-Pero hermano- intervino Sdenka, con su voz más dulce-, todo esto me parece inútil. Nuestro padre ya se durmió, mira cómo está calmo y apacible.
-Ninguna de las dos entiende -dijo Georges en un tono que no admitía réplica-. Les he dicho que deberán acostarse y dejarme hacer guardia.
De pronto se hizo silencio, sentí el peso de mis párpados y el sueño vino a apoderarse de mí.
Creí ver que la puerta de mi habitación se abría y que el viejo Gorcha aparecía en el umbral. Pero más que ver su forma, la intuía, pues la habitación de la que salió estaba muy oscura. Me pareció que sus ojos apagados intentaban adivinar mis pensamientos y trataban de seguir el ritmo de mi respiración. Primero adelantó un pie, después el otro. Luego con extrema precaución caminó con paso de lobo hacía a mí. De inmediato dio un salto hasta quedar a un lado de mi cama. Padecí una angustia indecible pero una fuerza oculta me mantuvo inmóvil. El viejo se inclinó y aproximó su cara lívida tan cerca de la mía que me pareció sentir su respiración difunta.
Hice un esfuerzo sobrehumano y desperté bañado en sudor. No había nadie en mi habitación, pero me volví hacia la ventana y descubrí al viejo Gorcha afuera, con el rostro pegado al vidrio y sus ojos espeluznantes mirándome fijamente. Tuve el ánimo suficiente para no gritar y el dominio para permanecer acostado, como si nada hubiera visto. Sin embargo, el viejo daba la impresión de haber venido a asegurarse de que dormía y no hizo ningún intento por entrar. Después de escudriñarme se alejó de la ventana y lo sentí caminar hacia el cuarto vecino. Georges se había dormido y roncaba tan fuerte que hacía temblar los muros. El niño tosió y reconocí la voz de Gorcha.
-¿No puedes dormir, pequeño?
-No, abuelo -respondió el niño-, ¡y me gustaría mucho hablar contigo!
-¡Ah! Quieres hablar, ¿y de qué?
-Quisiera que me contaras cómo, al combatir a los turcos, los venciste. ¡También yo lucharé contra ellos!
-Ya lo había pensado, por eso te traje un pequeño yatagán. Mañana te lo daré.
-No, abuelo, mejor dámelo ahora, ya que estás despierto.
-Y tú, ¿por qué durante el día no me dirigiste la palabra?
-¡Porque papá me lo prohibió!
-Tu papá es demasiado precavido. Entonces, ¿de veras te gustaría tener tu pequeño yatagán?
-¡Oh!, sí que me gustaría, pero no aquí, papá podría despertar.
-Entonces, ¿dónde?
-Si salimos, prometo portarme bien y no hacer el menor ruido.
Me pareció escuchar la risa burlona de Gorcha y oí que el niño se levantaba. No creía en los vampiros pero la pesadilla que acababa de tener afectó mis nervios y no deseaba cargar en el futuro con una culpa a cuestas, así que me levanté y golpeé el tabique lo suficientemente fuerte como para despertar a toda la familia. Me precipité hacia la puerta dispuesto a salvar al niño; estaba obstruida por fuera y el cerrojo no cedió pese a mis esfuerzos. Mientras intentaba derribarla, vi por la ventana al viejo con el niño en brazos.
-¡Levántense! ¡Levántense! -grité con furia, haciendo que el tabique se estremeciera con mis golpes.
Sólo Georges despertó.
-¿Dónde está el viejo? -me preguntó.
-¡Salga rápido -grité-, acaba de llevarse a su hijo!
Georges abrió la puerta de una patada, pues la suya también había sido cerrada por fuera, y se echó a correr hacia el bosque. Por fin conseguí despertar a Pierre, a su cuñada y a Sdenka. Nos reunimos delante de la casa y pasados unos minutos vimos a Georges regresar con su hijo. Lo encontró desmayado en el camino, pero pronto recobró la conciencia; no parecía estar más enfermo que antes.
Acosado por las preguntas, respondió que su abuelo no le había hecho ningún mal, que ambos habían salido para conversar pero una vez fuera perdió el conocimiento y no recordaba nada. Gorcha había desaparecido. El resto de la noche, como pueden imaginar, nadie durmió.
Al día siguiente me enteré que el Danubio, cuyo curso interceptaba el camino a un cuarto de legua del pueblo, comenzaba a arrastrar témpanos de hielo, lo que siempre ocurre en esas regiones hacia el fin del invierno e inicio de la primavera. El paso estaba obstruido y no podía ni pensar en la partida. Aun cuando lo hubiera podido, la curiosidad y una atracción cada vez más poderosa, me retuvieron. Más veía a Sdenka, más me sentía dispuesto a amarla. No soy de ésos que creen en las pasiones súbitas e irresistibles de las que ofrecen tantos ejemplos las novelas; pero hay casos en los que el amor crece de prisa. La belleza única de Sdenka, ese extraño parecido con la duquesa de Gramont de la que huí en París para reencontrarla ahí, sumergida en las costumbres folklóricas, hablando un idioma extranjero y melódico, el rasgo peculiar por el que en Francia me habría dejado matar; todo eso, sumado a la rareza de mi situación y a los misterios que me envolvían, debieron contribuir a que naciera dentro de mí un sentimiento que, en otras circunstancias, quizá se hubiera manifestado vago y pasajero.
En el transcurso del día escuché cómo Sdenka conversaba con su hermano menor.
-¿Qué piensas de todo esto? -decía ella-, ¿también tú desconfías de nuestro padre?
-No me atrevo -respondió Pierre-, menos cuando el niño dice que no le hizo ningún daño. Y de la desaparición, tú sabes que nunca rindió cuentas de sus ausencias.
-Lo sé -dijo Sdenka-, pero entonces tenemos que protegerlo, ya conoces a Georges...
-Sí, sí, lo conozco. Hablar con él sería inútil, pero si le escondemos la estaca nunca irá a buscar otra, pues de este lado de las montañas no hay un solo álamo.
-Sí, escondámosla, pero no digamos nada a los niños, ya que podrían delatarse frente a Georges.
-Nos mantendremos alerta -dijo Pierre. Y luego se separaron.
Llegó la noche sin que tuviésemos noticias del viejo Gorcha. Al igual que la víspera, yo estaba acostado en mi cama y la luz de la luna invadía la alcoba. Cuando el sueño comenzó a hacer turbias mis ideas sentí como por instinto la proximidad del anciano. Abrí los ojos y su rostro lívido estaba pegado a mi ventana.
Esta vez quise levantarme, pero me fue imposible. Sentí entumecidos todos mis miembros. Luego de mirarme con insistencia, el viejo se alejó. Percibí cómo merodeaba alrededor de la casa y cómo, muy quedo, tocaba la ventana donde dormían Georges y su mujer. El niño daba vueltas en la cama y gimió en sueños. Pasaron algunos minutos en calma y volví a escuchar el toque en la ventana. Entonces el niño se quejó de nuevo y despertó...
-¿Abuelo, eres tú?
-Sí -contestó la voz apagada-, vengo a traerte el pequeño yatagán.
-Pero no me atrevo a salir, ¡papá me lo ha prohibido!
-¡No es necesario, sólo ábreme la ventana y ven a darme un abrazo!
El niño se levantó y abrió la ventana. Entonces, haciendo un llamado a mis fuerzas, descendí de la cama y me precipité a golpear el tabique. Georges se levantó al instante.
Lo escuché gritar, su mujer emitió un chillido. Muy pronto todos estaban reunidos en torno al cuerpo inerte del niño. Gorcha desapareció al igual que la noche anterior. Con muchas atenciones logramos que el niño viniera en sí, pero estaba débil y apenas respiraba. El infortunado ignoraba la causa de su desvanecimiento. La madre y Sdenka lo atribuyeron al susto de ser sorprendido hablando con su abuelo. Yo no dije una palabra. Cuando el niño se calmó, todos nos fuimos a recostar, excepto Georges.
Hacia el amanecer, Georges levantó a su mujer. Hablaron en voz baja. Sdenka se les acercó y la oí sollozar junto con su cuñada.
El niño había muerto.
Omito la consternación y la desesperanza de esa familia. A nadie se le ocurría atribuir la causa al viejo Gorcha.
Georges callaba, pero su expresión, siempre de desasosiego, tenía ahora algo terrible. Dos días pasaron sin que el viejo apareciera. La noche del tercero (ese mismo día tuvo lugar el entierro del niño) creí oír pasos afuera de la casa y una voz de anciano llamaba al hermano pequeño del difunto. Me pareció también que la cara de Gorcha estuvo pegada a mi ventana, pero no puedo asegurar si esto ocurrió en realidad o fue producto de mi imaginación, porque esa noche la luna estuvo escondida. De todas formas creí mi deber llamar a Georges. Interrogó al niño, y éste respondió que ciertamente su abuelo lo había llamado a través de la ventana. Georges le ordenó estrictamente a su hijo despertarlo si el viejo aparecía de nuevo.
Todas esas tribulaciones no evitaron que mi cariño por Sdenka creciera cada día más.
No había podido hablarle a solas desde la mañana. Y al llegar la noche, la idea de mi próxima partida afligió mi corazón. La habitación de Sdenka estaba separada de la mía por un pasillo que por un lado daba a la calle y a un patio por el otro.
Mis anfitriones ya estaban acostados cuando me dieron ganas de salir a dar un paseo para distraerme. Me adentré en el pasillo y vi entrebierta la puerta de la alcoba de Sdenka. Involuntariamente me detuve. El roce entre las telas de un vestido conocido hizo latir con fuerza mi corazón. Además escuché la letra de una balada cantada en voz baja. Se trataba del adiós que un rey serbio dirigía a su amada al momento de salir para la guerra.
"¡Oh, mi jóven álamo, decía el viejo rey, me voy a la guerra y tú me olvidarás!
"¡Los árboles que crecen al pie de la montaña son esbeltos y flexibles, pero tu tallo lo es más!
"¡Mecidos por el viento, los frutos del serbal son rojos, pero tus labios son más rojos que los frutos del serbal!
"¡Y yo soy como el viejo roble desprovisto de follaje, y mi barba es aún más blanca que la espuma del Danubio!
"¡Y tú me olvidarás, oh, mi alma, y yo moriré de pesadumbre pues mi enemigo, sin osar tocar a un viejo rey, no me matará."
Y la bella respondió: "Juro serte fiel y no olvidarte. Si llegara a faltar a mi promesa, después de tu muerte podrás venir a sorber toda la sangre de mi corazón!"
Y el viejo rey dijo: "¡Así sea! Y se marchó a la guerra. Y muy pronto la bella lo olvidó!"
Aquí se detuvo Sdenka, como temiendo completar la balada. Yo no podía contenerme. Esa voz tan dulce, tan expresiva, era la misma voz de la duquesa de Gramont... Sin pensar en nada, empujé la puerta y entré. Sdenka venía de quitarse una especie de corpiño que portan las mujeres de su país. Una camisa bordada en oro y roja seda, ajustada a su cintura por una sencilla falda a cuadros componían todo su atuendo. Sus hermosas y rubias trenzas estaban deshechas y el desaliño resaltaba los atractivos de la joven.
No se enojó por mi brusca entrada, pero la vi turbarse y enrojecer ligeramente.
-¡Ay! -me dijo-, ¿por qué ha venido usted y qué pensarán de mí si somos sorprendidos?
-Sdenka, alma mía -le dije-, tranquilícese, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle...
-¡Oh, amigo mío, salga, salga! Si mi hermano llega a sorprendernos, estaré perdida!
-Sdenka, no me iré si antes usted no promete amarme hasta el fin, como en la balada lo promete la bella al rey. Partiré muy pronto, Sdenka, ¿quién sabe cuándo nos volveremos a ver? Sdenka, yo la amo más que a mi alma, más que a mi libertad... mi vida, mi sangre le pertenecen... ¿no me daría usted, una hora en cambio?
-Muchas cosas pueden suceder en una hora -dijo Sdenka pensativa, pero dejando su mano entre la mía-. Usted no conoce a mi hermano -continuó ella temblando-; presiento que vendrá.
-¡Cálmese, Sdenka mía -le dije-, su hermano se encuentra fatigado de sus vigilias, y adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo sólo le pido una hora! Y después, adiós... ¡acaso por siempre!
-¡Oh, no, por siempre no! -dijo con nerviosismo, y después retrocedió asustada de sus palabras.
-¡Oh, Sdenka! -grité-, no miro ni escucho otra cosa que usted, ya no soy mi dueño, obedezco a una fuerza superior, perdóneme, Sdenka! -Y actuando como un inconsciente la apreté contra mí.
-Usted no es mi amigo -dijo ella liberándose de mis brazos, y se refugió en el fondo de su alcoba. No sé qué le dije, yo mismo estaba confundido por mi audacia. No porque en esa ocasión me hubiera fallado, sino porque a pesar de la pasión que arrastraba, no podía sustraer mi sincero respeto por la inocencia de Sdenka.
Es verdad que al principio había aventurado algunas de las frases galantes que no disgustaban a las mujeres de nuestra época, pero pronto me sentí avergonzado, y renuncié al ver que la candidez de la joven le impedía adivinar lo que para otras como ustedes, lo veo en vuestras sonrisas, está sobreentendido.
Estaba ahí, delante de ella, sin saber qué decirle, cuando de pronto, la vi estremecerse fijando en la ventana unos ojos aterrorizados. Seguí la dirección de su mirada y vi con claridad la figura inmóvil de Gorcha, mirándonos desde afuera.
En ese mismo instante, sentí una pesada mano posarse sobre mi hombro. Me volví. Era Georges.
-¿Qué hace usted aquí? -me preguntó.
Desconcertado por ese reproche brusco, le señalé a su padre que todavía nos miraba a través de la ventana, y aunque huyó rápidamente, Georges lo alcanzó a ver.
-Sentí al viejo y vine a prevenir a su hermana -le dije.
Georges, queriendo leer en mi alma, me miró profundamente. Luego me tomó del brazo, me condujo hasta mi alcoba y se fue sin decirme una palabra.
A la mañana siguiente, la familia estaba reunida frente a la entrada de la casa, sentada en torno a una mesa bien provista de todo tipo de quesos y mantequillas.
-¿Dónde está el niño? -preguntó Georges.
-Está en el patio -respondió su mujer-, se divierte solo en su juego favorito: imaginar que combate a los turcos.
Apenas terminó de pronunciar la frase cuando, para sorpresa nuestra, vimos la figura de Gorcha acercarse desde la espesura del bosque. Caminaba lentamente hacia nosotros y se sentó a la mesa como el día de mi llegada.
-Padre, sed bienvenido -murmuró la nuera con voz apenas perceptible.
-Sed bienvenido, padre -repitieron en voz baja Sdenka y Pierre.
-¡Padre -dijo Georges con voz firme pero cambiando de color-, lo esperábamos para rezar!
El viejo se apartó frotándose las cejas.
-¡Rezaremos ahora mismo! -repitió Georges-, y haga el signo de cruz o la de San Jorge...
Sdenka y su cuñada se inclinaron hacia el viejo suplicándole pronunciar la oración.
-¡No, no -dijo el anciano-, no tiene ningún derecho de exigirme y, si insiste, lo maldeciré!
Georges se levantó y corrió hacia la casa. Y regresó con la furia en los ojos.
-¿Dónde está la estaca? -gritó-, ¿dónde la escondieron?
Sdenka y Pierre intercambiaron miradas.
-¡Cadáver! -dijo entonces Georges dirigiéndose al viejo-, ¿qué le hiciste a mi hijo mayor?, ¿por qué lo mataste? ¡Devuélveme a mi hijo, cadáver!
Y mientras decía esto se ponía cada vez más pálido y su mirada se inflamaba más aún.
El viejo, sin moverse, lo miraba con desprecio.
-¡Oh, la estaca, la estaca! -gritaba Georges-. ¡El que la haya escondido responderá por las desgracias que nos aguardan!
En ese momento oímos los alegres estallidos de risa del hijo menor; lo vimos llegar montando a caballo, sobre una estaca que él hacía galopar, y se acercó lanzando con su vocecita el grito de los serbios cuando atacan al enemigo.
A su vista la mirada de Georges resplandeció. Le arrancó al niño la estaca y se precipitó sobre su padre. Éste emitió un aullido y corrió hacia el bosque con tanta agilidad que parecía sobrenatural.
Georges lo siguió a través de la espesura y pronto los perdimos de vista.
Cuando Georges regresó a la casa, el sol ya se había puesto. Lo vimos pálido como la muerte y con los cabellos erizados. Se sentó junto al fuego y creí percibir que sus dientes castañeteaban. Nadie osó interrogarlo. A la hora en que la familia por costumbre se retiraba, pareció recobrar toda su energía y, llevándome aparte, me dijo de la manera más natural:
-Querido huésped, vengo de ver el río. Ya no hay témpanos, el camino está libre: nada impide su partida. En estos momentos resulta imposible -añadió lanzando una mirada a Sdenka- divertirse con nosotros. Le deseamos toda la buena suerte que sea posible aquí en la Tierra, y espero que usted guarde un buen recuerdo de nosotros. Mañana, al rayar el alba, encontrará el caballo ensillado y el guía listo para conducirlo. Adiós. De vez en cuando acuérdese de su anfitrión y perdónele si su estadía no estuvo exenta de adversidad, como él habría deseado.
Los severos rasgos de Georges, en ese momento me parecieron casi cordiales. Me acompañó hasta mi habitación y me estrechó la mano una vez más. Luego sus dientes castañetearon como si temblara de frío.
Solo, en mi alcoba, no pensaba ni por asomo acostarme, como ustedes podrán imaginar. Tenía otras preocupaciones. Muchas veces en mi vida me había enamorado. Había sufrido arrebatos de ternura, de despecho y de celos, pero nunca, ni siquiera cuando dejé a la duquesa de Gramont, sentí una tristeza similar a la que en ese momento me desgarraba. Antes de salir el sol me puse el atavío de viaje y quise intentar ver a Sdenka por última vez. Pero Georges me esperaba en el vestíbulo. La mínima posibilidad de verla me fue arrebatada.
Salté sobre mi caballo y partí al galope. Prometí que a mi vuelta de Jassy pasaría por este pueblo y esta esperanza tan lejana disipó poco a poco mi pesadumbre. Ya pensaba con gozo en el regreso, y en mi imaginación se dibujaban recuerdos del porvenir con todos sus detalles, cuando un movimiento brusco del caballo casi me hizo caer. El animal se detuvo repentinamente, y poniéndose tenso, se paró, apoyándose en sus patas delanteras, y resopló ruidosamente, como suelen hacer los caballos cuando los acosa algún peligro. A cien pasos de mí distinguí un lobo cavando la tierra. Al oirnos, huyó. Hendí las espuelas en los costados del caballo y conseguí hacerlo avanzar. Entonces me dí cuenta que en el lugar donde estuvo el lobo había una sepultura reciente. Me pareció ver el extremo de una estaca que sobresalía algunas pulgadas de la tierra removida. Sin embargo, no puedo afirmarlo porque pasé velozmente por el lugar.
Llegado a este punto el marqués guardó silencio y tomó una porción de tabaco.
-¿Eso es todo? -preguntaron las damas.
-¡Desgraciadamente, no! -respondió el marqués de Urfé-. Lo que me resta por contarles forma parte de recuerdos que son todavía más dolorosos para mí, y al narrarlos creo librarme de ellos.
Los asuntos que me condujeron a Jassy, me retuvieron más tiempo del que esperaba. No cumplí con todos sino hasta seis meses después. ¿Qué puedo decirles? Es penoso confesarlo, en este mundo son pocos los sentimientos duraderos. El éxito de mi negociación, los estímulos que recibí del gabinete de Versalles, en una palabra, la política, esa vil política, que tanto nos ha mortificado en estos últimos tiempos, no tardaron en debilitar en mi alma el recuerdo de Sdenka. Además, la esposa de nuestro anfitrión, mujer bella y que hablaba perfectamente nuestro idioma, me honró al escogerme entre otros jóvenes extranjeros que residían en Jassy. Como estuve educado dentro de los principios de las cortes francesas, mi sangre gala se habría sublevado antes de pagar con ingratitud la benevolencia que me testimoniaba la bella. Por tanto correspondí galante a las ventajas que se me ofrecían, y también para defender los intereses y hacer valer los derechos de Francia, comencé por avezarme en todo lo concerniente al hospitalario anfitrión.
Recibí un llamado de mi país y retomé una vez más el camino que me condujo a Jassy.
Ya no pensaba en Sdenka ni en su familia, hasta que una noche, galopando a campo traviesa, escuché las campanadas que anunciaban las ocho de la noche. Me pareció que ya había escuchado alguna vez ese sonido y mi acompañante anunció que provenía de un convento cercano. Le pregunté el nombre y me enteré que no era otro que el de la Virgen del Roble. Aceleré la marcha del caballo y en poco tiempo estábamos golpeando la puerta del convento. Un eremita vino a abrir y nos condujo a la estancia para los extranjeros. Lo encontré tan atiborrado de peregrinos que perdí las ganas de pasar ahí la noche y pregunté si podía hallar alguna casa de huéspedes en el pueblo.
-¡Encontrará más de una -me respondió el eremita profiriendo un suspiro-, gracias al infiel de Gorcha, las casas abandonadas no escasean!
-¿Qué quiere decir con eso? -inquirí-, ¿el viejo Gorcha todavía vive?
-¡Oh, no, ése está bien muerto y enterrado con una estaca clavada en el corazón! Pero antes de eso había succionado la sangre del hijo de Georges. El niño regresó una noche y llorando tras la puerta imploró que le abrieran pues tenía frío. La necia de su madre, siendo testigo de su entierro, no tuvo el valor para enviarlo de vuelta al cementerio y le abrió. Entonces el niño se lanzó sobre ella y la sorbió hasta morir. Fue enterrada, pero tornó para succionar la sangre de su otro hijo, luego la de su marido y finalmente la de su cuñado. A todos les tocó.
-¿Y Sdenka? -pregunté.
-¡Oh, ésa se volvió loca de dolor, pobre niña, ni me hable!
La respuesta del eremita no fue afirmativa pero no tuve el ánimo suficiente para repetir la pregunta.
-¡El vampirismo es contagioso! -continuó el eremita persignándose-. Numerosas familias en el pueblo son atacadas, en muchos casos perece hasta el último miembro, y si me cree, permanecerá esta noche en el convento. Aunque se quedara en el pueblo y usted no fuera devorado por los vourdalaks, el terror que experimentaría sería suficiente para dejar blancos sus cabellos antes de llamar a maitines. Yo soy un pobre religioso -continuó-, pero la misma generosidad de los viajeros me permite proveer sus necesidades. Tengo exquisitos quesos, uvas secas que le harán agua la boca y algunas botellas de vino de Tokay que no tienen nada que envidiar al que sirven a su Santidad.
En ese momento me pareció que el eremita se convertía en posadero. Creí que adrede me había narrado historias para no dormir en razón de hacerme agradable a los ojos de Dios al imitar la generosidad de los viajeros que proveen al santo para que éste sacie sus necesidades.
Además la palabra terror siempre hizo sobre mí el mismo efecto que el clarín hace sobre el corsario en tiempos de guerra. Hubiera sentido vergüenza de no haber salido de inmediato. Mi guía, tembloroso, me pidió permiso de permanecer y se lo di con gusto.
Tardé aproximadamente una media hora en llegar al pueblo. Lo encontré desierto. No refulgía una luz, no se dejaba oír una canción. Pasé en silencio por entre las casas, la mayoría de ellas me eran conocidas y llegué por fin a la de Georges. Ya fuera por sentimentalismo, ya por gallardía juvenil, fue ahí donde decidí pasar la noche.
Bajé de mi montura y toqué a la puerta de la cochera. Nadie me respondió. Empujé la puerta que se abrió rechinando los goznes y entré.
Amarré mi montura con todo y silla dentro del cobertizo en el que había una cantidad suficiente de avena, y avancé resuelto hacia la casa.
Como ninguna puerta estaba cerrada, las habitaciones parecían desiertas. La de Sdenka daba la impresión de haber sido abandonada la víspera. Algunos vestidos yacían aún sobre la cama. Las joyas que recibió de mí, entre ellas una pequeña cruz esmaltada que había adquirido al pasar por Pest, brillaban sobre una mesa al resplandor de la luna. No pude evitar sentir mi pecho oprimido, aunque el amor ya había pasado.
No obstante me arropé en mi abrigo y me tendí en la cama. De súbito, el sueño se apoderó de mí. No recuerdo con precisión los detalles, pero vagamente sé que vi de nuevo a Sdenka, hermosa, ingenua y cariñosa, igual que en el pasado. Viéndola, me arrepentía de mi egoísmo y de mi inconstancia. ¿Cómo pude, me preguntaba, abandonar a esta pobre niña que me amaba?, ¿cómo pude olvidarla? Luego su imagen se fundió con la de la duquesa y las vi a las dos en la misma persona. Me lanzaba a los pies de Sdenka, implorando su perdón. Todo mi ser, mi alma toda se sumergía en un laberinto inefable de felicidad y melancolía.
Ése era el rumbo de mis sueños cuando me despertó una música armoniosa parecida al murmullo de una brisa ligera sobre el campo. Me pareció escuchar que las espigas se encontraban en una misma melodía y que el canto de los pájaros se mezclaba con el fluir de un manantial y con el murmullo de los árboles. Luego todos esos sonidos confusos no me parecieron sino el roce de un vestido de mujer, abrí los ojos y vi a Sdenka junto a la cama. La luna refulgía con tal fulgor que pude distinguir los detalles más pequeños y adorables que me habían sido tan queridos en otro tiempo. Encontré a Sdenka más hermosa y madura. Iba con el mismo arreglo que la última vez que la vi: una simple camisa de seda bordada en oro y una falda estrechamente ajustada a sus caderas.
-¡Sdenka! -le dije incorporándome-, ¿es usted, Sdenka?
-Sí, soy yo -me respondió con dulzura y tristeza a la vez-, la misma Sdenka que olvidaste. Ay, ¿por qué no viniste antes? ¡Ahora todo se ha acabado, es mejor que te vayas! ¡Un momento más y estarás perdido!¡Adiós, amigo, adiós para siempre!
-¡Sdenka -le dije-, supe que ha sufrido usted numerosas desgracias! ¡Venga, hábleme de ello, eso aligerará sus penas!
-Amigo mío, no hay que creer todo lo que se dice de nosotros; pero váyase, váyase rápido, porque si permanece aquí, su ruina es segura.
-Pero Sdenka, ¿qué peligro será ése que me amenaza? ¿No podría concederme aunque fuera una hora para platicar con usted?
Sdenka se estremeció y un cambio se operó en toda su persona.
-Sí, claro -dijo ella-, una hora, una hora, ¿al igual que esa noche, cuando cantaba la balada del viejo rey, y tú entraste en esta habitación? ¿Es eso lo que quieres decir? ¡Hecho, te concedo una hora! Pero no, no -dijo ella, retractándose-, vete. ¡Sal rápido, te digo! ¡Huye... huye mientras puedas!
Una energía salvaje animaba sus rasgos.
No entendía el motivo que le hacía decir esas cosas, pero estaba tan hermosa que resolví permanecer a su pesar. Finalmente cedió a mi petición, se sentó cerca de mí, me habló del pasado, y me confesó, enrojeciendo, que me había amado desde el primer día. Mientras tanto, percibí que un cambio paulatino se iba operando en Sdenka. La timidez de otro tiempo dio paso a la desenvoltura. Su mirada, antes cohibida, hoy era atrevida. En fin, vi con asombro que su manera de ser conmigo estaba lejos de la modestia que antaño la distinguía.
¿Será posible, me dije, que Sdenka no fuera la joven pura e inocente que aparentaba ser hace dos años? ¿Habrá actuado por miedo a su hermano? ¿Habré sido vilmente engañado con una virtud prestada? Pero entonces, ¿porqué me suplicó partir? ¿No será una astucia de la coquetería? ¡Y yo que creía conocerla! ¡Pero, qué importa! Si Sdenka no es una Diana como lo creí, bien puedo compararla con otras divinidades, no menos encantadoras, y, ¡alabado sea Dios!, prefiero el papel de Adonis al de Acteón.
Si esa sentencia clásica, que me dirigí a mí mismo, les parece fuera de tono, señoras mías, tengan presente que la historia que tengo el honor de contarles sucedió en el año de 1758. En esa época la mitología estaba en boga y yo no hago alardes de ir más rápido que el siglo. Las cosas han cambiado desde entonces, y no fue hace mucho que la Revolución, echando abajo los principios paganos y los cristianos, entronizó a la deidad Razón en su lugar. Esta deidad, señoras mías, jamás fue mi patrona, menos cuando me hallé frente a una mujer, y en la época de que les hablo, estaba aún menos dispuesto a ofrecerle sacrificios. Yo me abandoné sin reservas a la inclinación que me conducía a Sdenka y me dejé llevar por sus provocaciones. Había transcurrido algo de tiempo en dulce intimidad, y jugando a adornar a Sdenka con todas sus joyas, quise rodear su cuello con la pequeña cruz esmaltada que había visto sobre la mesa. A mi gesto, Sdenka retrocedió sobresaltada.
-¡No más juegos, amigo mío -me dijo-, deja ahí esa fruslería y hablemos de ti y de tus proyectos!
El ofuscamiento de Sdenka me hizo reflexionar. Mirándola con atención, remarqué en su cuello la ausencia de las muchas imágenes santas, relicarios y saquitos con incienso que los serbios acostumbran llevar puestos desde que son niños hasta su muerte, y que Sdenka portaba en otro tiempo.
-Sdenka -le dije-, ¿dónde están las imágenes que llevabas colgadas?
-Las perdí -respondió con una actitud de impaciencia y rápidamente cambió la conversación.
Un vago presentimiento se adueñó de mí, y quise irme de inmediato, pero Sdenka me retuvo.
-¿Cómo? -me dijo-, ¡pediste una hora y, cuando te complazco, decides irte al cabo de unos pocos minutos!
-Sdenka -dije-, tenía usted razón de incitarme a partir, escuché ruido y temo que nos sorprendan.
-¡Tranquilízate, amigo mío, todo duerme a nuestro alrededor, sólo el grillo y el abejorro pueden escuchar lo que voy a decirle!
-¡No, no, Sdenka tengo que partir!...
-Espera, espera -dijo Sdenka-, ¡te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, tú dijiste que tu sangre y tu vida me pertenecían!...
-¡Pero y tu hermano, tu hermano, Sdenka, presiento que vendrá!
-¡Cálmate, mi hermano está adormecido por el viento que juega entre los árboles; su sueño es profundo, larga la noche, y yo no te pido sino una hora!
Al decir esto, Sdenka estaba tan hermosa que, el vago terror que me agitaba comenzó a ceder ante el deseo de permancer junto a ella. Una mezcla de temor y voluptuosidad indecible se apoderó de todo mi ser. A medida que yo me entregaba, Sdenka se hacía más tierna, y si bien yo me había decidido a sucumbir, todo me decía que me mantuviera en guardia. Sin embargo, como dije hace un momento, siempre fui sabio a medias, y cuando Sdenka, dándose cuenta de mis reservas, me propuso disipar el frío nocturno con unos vasos de vino generoso, que me dijo provenían del eremita, acepté solícito y ella sonrió. El vino hizo efecto. A partir del segundo vaso, la mala impresión que experimenté por la escena de la cruz y de las imágenes, se borró por completo. Sdenka, desarreglada, con sus hermosos cabellos medio trenzados, con sus joyas a la luz de luna, me pareció irresistible. No pude contenerme y la tomé en mis brazos.
Entonces, mis queridas damas, tuvo lugar una de esas misteriosas revelaciones que jamás sabré cómo explicar, pero que ante mi experiencia terminé por creer aunque hasta la fecha me cuesta admitirlo.
Con tal fuerza tomé entre mis brazos a Sdenka que uno de los extremos de la cruz, que me regaló la duquesa de Gramont y que ustedes acaban de ver, se clavó en mi pecho. El dolor punzante me atravesó como el rayo de luz de la revelación. Miré a Sdenka, y sus rasgos, aunque hermosos, estaban contraídos por la muerte, sus ojos no veían y su sonrisa era una mueca impresa por la agonía, en un rostro cadavérico. Al mismo tiempo sentí el olor nauseabundo que despiden los sepulcros mal cerrados. La espantosa realidad en todo su esplendor se me brindó, era demasiado tarde para recordar las advertencias del eremita. En seguida comprendí lo precario de mi situación y que dependía de mi ánimo y de mi sangre fría. Desvié la mirada hacia la ventana para ocultar a Sdenka el horror que mi expresión debía traslucir. Pegado al vidrio estaba el infame de Gorcha, apoyado sobre una estaca ensangrentada y posando sobre mí unos ojos de hiena. En la otra ventana se veía el rostro pálido de Georges: ahora tenía con su padre un parecido aterrador. Los dos espiaban el más mínimo de mis movimientos y no dudé que en una tentativa de fuga se lanzarían sobre mí. Fingí no darme cuenta, pero no me fue fácil controlarme. Continué, sí, mis queridas damas, continué regalando a Sdenka las mismas caricias que antes del terrible descubrimiento. Todo ese tiempo de angustia no pensé en otra cosa que no fuera el modo de escapar. Percibí que Georges y Gorcha intercambiaban con Sdenka señales de impaciencia. De afuera llegaban una voz de mujer y unos gritos infantiles tan espeluznantes como los aullidos de un gato salvaje.
-¡Llegó la hora de hacer las maletas! -me dije, y mientras más rápido, mejor.
Le hablé a Sdenka en voz alta para que su horrenda parentela alcanzara a oír:
-Estoy cansadísimo, mi niña, y me gustaría mucho acostarme y dormir unas cuantas horas, pero antes tengo que ir a ver si el caballo ha comido y tiene el forraje suficiente. Le ruego no se vaya y, por favor, espere, vuelvo enseguida.
Entonces hice coincidir mis labios con los fríos y descoloridos labios de ella, y salí. Encontré al caballo con el hocico cubierto de espuma e inquieto. No había tocado la avena y el relincho con furia que emitió al verme llegar me erizó la piel. El caballo estaba incontrolable y temí que echara por tierra mi intención de escapar. Aunque seguramente los vampiros escucharon mi conversación con Sdenka y se inquietaron. Comprobé que la puerta de la cochera estaba abierta, y lanzándome sobre la silla de montar, espoleé al caballo.
Al salir pude ver un grupo numeroso reunido alrededor de la casa, casi todos con las caras pegadas a las ventanas. Mi brusca salida los dejó estupefactos, pues durante un largo rato en medio de la silenciosa noche no se escuchó sino un galope continuo. Cuando creí que había llegado el momento de felicitarme por mi astucia, oí a mis espaldas el ruido de un huracán entre las montañas. Miles de voces confusas gritaban, aullaban y parecían pelearse entre ellas. Luego, enmudecieron como por un acuerdo entre ellas y sentí unas zancadas acuciantes como si una tropa de soldados se aproximara a paso rápido.
Espoleé mi montura hasta desgarrarle los costados. La fiebre me hacía temblar y mientras hacía esfuerzos inusitados por conservar el temple una voz detrás de mí gritó:
-¡Espera, espera, amigo! ¡Te amo más que a mi alma, más que a mi libertad, que a mi vida! ¡Espera, espera, tu sangre me pertenece!
En ese instante un aliento glacial rozó mi oreja y tuve la sensación que Sdenka había subido a la grupa.
-¡Mi corazón, mi alma! -dijo-, no miro ni escucho otra cosa que a ti, ya no soy mi dueña, obedezco a una fuerza superior, perdóname, amigo, perdóname!
Y enlazándome con sus brazos trató de estirarme hacia atrás para morderme el cuello. Una lucha feroz se estableció entre nosotros. Durante largo rato apenas conseguí defenderme, pero finalmente alcancé, con una mano, sujetar a Sdenka por la cintura y, con la otra, por las trenzas y apoyándome en los estribos, ¡la arrojé al suelo!
Acto seguido me abandonaron las fuerzas y tuve visiones delirantes. Miles de rostros enloquecidos me perseguían haciendo muecas terribles. Georges y su hermano Pierre bordeaban el camino y trataban de obstaculizarlo. No lo lograron y estuve a punto de sentirme salvado cuando vi a Gorcha que sirviéndose de su estaca daba saltos como un alpinista tirolés que traspone abismos. Gorcha también quedó rezagado en el camino. Entonces su nuera, arrastrando tras de sí a sus hijos, le lanzó uno, Gorcha lo recibió con el extremo de la estaca y utilizándola a modo catapulta, lanzó con todas sus fuerzas al niño como un proyectil sobre mí. Esquivé al niño pero con instinto de sabueso la pequeña alimaña se adhirió al cuello de mi caballo y me costó trabajo desprenderlo. Me lanzaron al otro niño pero, éste cayó delante y el caballo lo aplastó. No recuerdo qué otras cosas sucedieron y cuando volví en mí, estaba a un lado del camino y mi caballo moribundo.
Así termina, queridas damas, un amorío que debió curar para siempre las ganas de intentar nuevos. Algunas contemporáneas de sus abuelas podrán atestiguar si después de esta historia me hice prudente.
No importa lo que haya sido. Tiemblo todavía al pensar que, si hubiera sucumbido ante mis enemigos, hoy sería un vampiro; pero el cielo no quiso permitir que sucediera, y, ¡lejos de tener sed de vuestra sangre, señoras, no pido algo mejor, a pesar de mis años, que obtener la gracia de vertir la mía por vuestros favores!
Alexei Tolstoi (1817-1875)